sábado, 28 de junio de 2014

Razones para creer


15 de mayo de 2011. Cientos de miles de personas por todo el país se movilizan para clamar por una democracia real. Lo que pasaría durante las siguientes horas, días, semanas... es historia. El 15-M quizá no fuera la revolución que muchos queríamos (y necesitábamos), pero desde luego supuso una revolución interna difícil de olvidar.
Muchos fuimos los que nos ilusionamos, y también muchos fuimos los que se decepcionaron cuando ocurrió lo inevitable; éramos ingenuos, no sabíamos que las revoluciones no se pueden hacer en dos semanas, especialmente tras décadas de una tranquilidad política casi total. Pues bien, desde entonces ha llovido mucho. Tuvimos que aprender a golpe de porra que las fuerzas de seguridad siguen actuando como agente represor al servicio del gobierno, y que los medios convencionales, en los que solíamos confiar, son como perros que ladran a todo aquel que lleva la contra a sus amos, los poderes fácticos. Durante este tiempo, la gente ha seguido protestando, movilizándose y organizándose, cada vez por una causa, y, a la vez, siempre por lo mismo, sin que nos diéramos cuenta de las transformaciones que estaban ocurriendo bajo nuestros pies, de cómo España iba cambiando poco a poco.
De repente estamos en 2014. Ya hace más de tres años de aquel revulsivo que fue el 15-M. El país que habitábamos en aquel distante 2011 ya no existe. Nos hemos topado con una España, una realidad, muy distintas.
La España de 2014 es un país en el que las ciudades se sacuden entre disturbios y contenedores ardiendo. Un país en el que el bipartidismo y la política de partidos se resquebrajan en todos los frentes, un reino, cuya familia real tiene un futuro incierto entre tantas tensiones e inestabilidad. Desde luego, queda muchísimo para alcanzar cualquiera de los objetivos que nos pusimos, y que exigimos a la clase política en 2011, pero hay motivos para creer.
Porque sí, ahora hay motivos para creer que se puede hacer algo con este país. Siempre tendemos a pensar que el sistema está grabado en piedra, que no hay revolución posible porque la gente nunca se va a mover, está demasiado aborregada y es demasiado cómoda. Pero eventos como las luchas vecinales en Gamonal, los sucesos tras el desalojo de Can Vies, y muchos otros casos por todo el país, donde hemos visto vecinos organizados, resistiendo de forma activa ante la represión; la aparición de Podemos, un partido que no solo recoge el discurso del 15-M, sino que además pone en práctica gran parte para organizarse y fomentar la democracia participativa, y el hecho de que en solo cuatro meses consiguiera casi tantos votos como Izquierda Unida en las elecciones europeas del 25 de mayo, la incansable lucha de la PAH, parando desahucios, ocupando edificios, la multitudinaria manifestación del pasado 22 de marzo en Madrid, donde más de un millón de personas nos unimos pidiendo dignidad, libertad... Todo esto nos ayuda a mantener la fe en un futuro mejor.
Pero tampoco hay que ser ingenuos, no cometamos el mismo error que hace tres años. Hemos andado mucho, pero estamos lejos de haber conseguido nada, por no decir que cada vez vamos más hacia atrás con estos gobiernos neo-liberales de PP y PSOE, que han supuesto un esfuerzo continuo por limitar derechos y libertades al 99%, y eso no ha cambiado para nada.. La guerra acaba de comenzar, todo lo hecho hasta ahora ha servido para poder empezar a plantar batalla al gobierno, las grandes empresas, los bancos, a la Casa Real, a la Troika, y abrir vías para que la gente tome el poder real, que sea la ciudadanía la que gobierne. Es imposible saber en qué van a derivar finalmente toda esta tensión social, todas estas prácticas autoritarias del gobierno, toda la violencia. Pero una cosa es clara: se avecinan tiempos convulsos, una oportunidad de oro para participar de cualquier lucha, cualquier cambio posible. Seguimos jugando.

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